El desarrollo  de la personalidad del niño es consecuencia de la influencia de varios factores como la genética, el temperamento, la salud y sus propias experiencias. Pero otro factor que contribuye de manera importante son las relaciones entre padres e hijos. Así pues, valores tan determinantes como la inteligencia emocional, autoestima, habilidades cognitivas y sociales, se construyen sobre nuestras relaciones más tempranas.

Para nuestra tranquilidad, lo más importante no es tanto lo que nos sucedió en el pasado, sino la manera en la que hemos asimilados y comprendido dichos sucesos. Esto nos da la oportunidad de reparar el daño causado, pues siempre estamos a tiempo de cambiar el significado de nuestras experiencias anteriores.

Volviendo a las relaciones entre padres e hijos, solo un contexto de conexión emocional con nuestros hijos puede ayudarles a conocerse mejor a sí mismos y a tener mayor capacidad de relación. No basta con estar físicamente presentes con ellos, si estamos preocupados por el pasado o el futuro estaremos ausentes mentalmente y no habrá una conexión emocional.

Nuestros hijos son un reto para que afrontemos temas irresueltos de nuestra infancia, ellos son nuestro espejo y nos recuerdan lo que nos pasó. Esto puede generar que en momentos nos desconectemos y nos vayamos a nuestro pasado reaccionando de maneras inadecuadas con ellos.

Cuando nuestros hijos nos provocan emociones desagradables que nos conectan con nuestras experiencias anteriores podemos caer en una ceguera emocional y volvernos muy intolerables, lo que generará en ellos una sensación de irrealidad y pérdida de sentido respecto sus propias emociones. Eso si no llegamos a reaccionar de forma más agresiva, lo que llevará al niño a un sentimiento de desamparo y vulnerabilidad emocional.

De este modo es como nuestras peores reacciones acaban formando parte de la propia identidad del niño e influyen en su propia capacidad de tolerar las emociones negativas. También puede suceder al contrario, por evitar ciertas reacciones en nuestros hijos, que nos volvamos demasiado tolerantes y que los niños no aprendan a respetar los límites, normas sociales y a tolerar la frustración.

Ejemplo 1: Un niño quiere ir a jugar al parque mientras que está con su padre tomando algo con unos amigos de este, el padre le responde que no es momento y que cuando termine de estar con sus amigos irán a jugar juntos. El niño no desiste y se lo dice de nuevo, el papá se empieza a poner nervioso y le pide que le de un rato. El niño ante la segunda negativa se enfada y se pone a gritar y llorar de forma molesta, entonces el padre, muy ansioso por ver a su hijo en ese estado se levanta y se va con el niño al parque. Este automáticamente para de llorar y se va a jugar con su padre, el cual está muy frustrado porque otra vez su hijo se salió con la suya y él nunca puede hacer lo que le apetece.

Si revisamos la historia de este padre encontramos que durante un tiempo el se sintió abandonado por su madre, la cual por trabajo estuvo un tiempo en otro país, se veían muy poco y cuando se veían ella le consentía todo para compensar su falta, sentirse menos culpable por no estar con él y aliviar la tristeza de su hijo. Por este motivo, el padre del ejemplo no puede tolerar ver llorar a su propio hijo, al recordarle lo mal que lo paso él de pequeño extrañando a mamá, además de calmarle cediendo a todos sus deseos como le enseñó su madre.

Una respuesta correcta sería que el padre fuera capaz de poner límites consistentes a su hijo, explicándole que hay veces que uno no puede hacer lo que quiere en el mismo momento y que tenemos que aprender a esperar, además de reconocerle que es normal que le disguste y señalarle que él también necesita su tiempo para estar con sus amigos. Sino ponemos límites a los niños y no les enseñamos a aceptar el no, no les enseñamos a reaccionar adecuadamente ni a tolerar la frustración.

Otro ejemplo: Una niña le pide a su madre que le compre la muñeca que acaba de ver en el escaparate de una tienda, la mamá le dice que no puede ser, la niña pregunta que por qué a lo que su madre le responde que no le puede ir comprando todo. La niña insiste diciéndole que hace mucho que no le compra nada, con lo que la madre se empieza a poner nerviosa. La situación continúa y la tensión de la madre va escalando frente a la insistencia de la hija y en el momento que esta rompe a llorar la madre la grita y de un tirón en el brazo la hace seguir caminando hacia casa. En ese momento la niña para de llorar de golpe, se asusta y se queda muda todo el camino y hasta que no se reencuentra con su papa no vuelve a hablar y conectarse emocionalmente de nuevo.

Si indagamos en el pasado de esta madre encontramos que su padre era una persona muy autoritaria, que tendía a decir no a todo sin dar una explicación comprensible, “no por que lo digo yo” y además reaccionaba agresivamente, más aún al ver llorar a sus hijos, los cuales le tenían miedo. Estas experiencias tempranas hacen que la mamá del ejemplo tolere muy poco la insistencia de la hija y más aún su llanto, el cual le recuerda al miedo que ella sentía frente a su padre y sea incapaz de tener un diálogo comprensible con ella.

Lo idoneo hubiera sido hacerle entender a su hija el por qué no puede comprarle lo que quiere y lo normal que es que se sienta triste e incluso enfadada por no tener la muñeca, no haber llegado a enfadarse perdiendo el control y siendo violenta, como hacía su padre con ella cuando era una niña.

Los niños intentan comprender y dar sentido a sus experiencias, al igual que nosotros, lo que es necesario para desenvolvernos en la vida y nuestras relaciones. El relatarles una experiencia que han vivido puede ayudarles a integrar los eventos y su contenido emocional, para así dar un sentido y obtener herramientas para que en el futuro sean personas más reflexivas, sensibles y sepan manejar mejor las situaciones.

Como he mencionado anteriormente, se puede reparar el daño causado por nuestras experiencias. Si después de una experiencia como la del segundo ejemplo, esa misma mamá una vez en casa ya calmada le explica a su hija cómo ha vivido ella la situación, lo mal que ha reaccionado al gritarla, estirarla del brazo y se disculpa por haberla tratado mal,  podrá reparar lo sucedido. La reparación evitará que la niña en futuros conflictos, tienda a desconectarse emocionalmente por tener miedo de el enfado del otro, o saque conclusiones erróneas como “yo soy mala”, “no puedo pedir lo que quiero”, “no puedo expresar lo que siento”…

Así pues, los padres que tratan de comprender los procesos metales que les afectan a ellos mismos y a sus hijos ayudan a estos a desarrollar la compasión y comprensión emocional. Hablar con los niños sobre sus pensamientos, sentimientos y recuerdos les beneficiará a desarrollar sus competencias sociales. Reparar el daño causado de situaciones desagradables en las que perdemos el control contribuirá en la autoimagen y autoestima del niño además de lo mencionado anteriormente.

En definitiva, si tenemos en cuenta la importancia de las primeras relaciones entre padres e hijos beneficiaremos en el desarrollo mental y emocional de nuestros hijos, o dicho de otro modo, en el desarrollo de su personalidad.

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